LAS EDICIONES DE BIBLIOFILIA EN ESPAÑA

Candela Vizcaíno. (HIBRIS Revista de Bibliofilia Año IV nº 22 julio-agosto 2004).





Podríamos afirmar, en principio, que una edición de bibliofilia es aquella codiciada y objeto de deseo del bibliófilo. Entonces, tendríamos que dar cabida a un amplio abanico de opciones porque podemos decir, con un margen de error muy pequeño, que cualquier libro puede ser del interés de esta rara avis que se ha venido en llamar bibliófilo: desde ese volumen antiguo salvado de la destrucción, la desidia o el olvido a aquel que contiene la errata del poeta favorito pasando por las primeras ediciones de clásicos, o por los bien o magníficamente encuadernados, o por los dedicados por el autor… las elecciones son de una variedad infinita.

En lo que sí estaremos de acuerdo casi todos es que el sueño de cualquier bibliófilo es tener lo que nadie más posee, el ejemplar raro o, mejor aún, el único. Esto puede ser desde las galeradas de la primera edición de la obra de más o menos renombre que nos hizo vibrar en el momento de su lectura, papeles manuscritos de puño y letra salidos de la mano del autor, un único ejemplar salvado del desastre… y lo que a la imaginación se le ocurra para que un volumen se convierta en único.

Este puede ser el caso de una Tauromaquia de Paquiro, bella y exquisitamente publicada en 1836. Un ejemplar de esta edición fue a parar en los años cincuenta de la pasada centuria a un puesto de los bouquinistas del Sena donde fue adquirida por José Bergamín como regalo a su hijo Fernando. La historia no cuenta cómo después de pasar por las manos del pintor Manuel Ángeles Ortíz acabó en el estudio de Picasso que, como ya es conocido de todos, interesado en extremo en las fiestas de los toros y en el mito del Minotauro, realizó entre las páginas del libro ocho dibujos a tinta amén de varios versos y comentarios a pluma.

Después, el mismo volumen fue pasando a otros pintores que por entonces trabajaban en París y fue prácticamente cubierto con dibujos, apuntes y bocetos de tal manera que se insertaron páginas al final del libro para que cupieran estas imágenes añadidas. Hicieron entre todos un verdadero libro de artista único en su improvisación, convirtiéndose, desde entonces, en objeto de deseo no ya sólo de bibliófilos sino también de los coleccionistas de arte. En la actualidad se encuentra entre el fondo de un museo de arte japonés, adquirido por una suma muy elevada.

Obras imposibles o demasiado raras aparte, lo que se ha dado en llamar ediciones de bibliofilia se refiere a aquellas que se realizan en pequeñas tiradas (rara vez superan el número de quinientos ejemplares y suelen rondar la cifra de cien), numeradas y firmadas, ejecutadas con materiales de alta calidad y recurriendo a los mejores profesionales (tipógrafo, encuadernador…) para que la ejecución sea impecable y, por último y más notario, dotada de sentido artístico para lo cual se recurre a la intervención de un artista plástico cuya visión de los textos (y aquí hay para todos los gustos, desde los clásicos grecolatinos hasta poemas inéditos de creadores contemporáneos en activo) y plasmación en imágenes de la palabra escrita formen un todo con la obra.

Nos adentramos con estos volúmenes en un terreno muy resbaloso puesto que el objeto físico conocido como libro comunica en estas ediciones por partida doble. Vamos a explicar un poco la filosofía de este tipos de obras; vamos, en definitiva, a poner palabras a sentimientos que más de uno de ustedes supongo ha tenido en algún momento de su vida ante un ejemplar de estas características (o ante ese libro que, por cualquier circunstancia, se desea poseer).

Los libros que nos acompañan en nuestra vida están concebidos y realizados (y con esta idea nos acercamos a ellos para leerlos) para que sólo nos sirvan como alimento para la mente, es decir, para que nos den conocimiento (hablamos de las obras de ciencias, filosofía, tecnologías e, incluso, alguna novela) o bien, para que lo que está allí escrito (en el libro) nos llegue a la más íntima espiritualidad; es el caso de la poesía, en particular y del resto de la literatura, en general.

En otras palabras, no le pedimos a los libros que nos regalen sensaciones, que nos despierten y agasajen los sentidos (recordemos, la vista, el oído, el gusto, el tacto y el olfato) Prácticamente sólo utilizamos la vista como medio para descifrar un código de signos que van directamente al cerebro para ser “asimilados” pero que, en la mayoría de los casos, no pasan por el placer de las sensaciones. Cuando abrimos un libro normal, corriente, no esperamos, no le pedimos o exigimos que despierte, como objeto material que es, los sentidos. Cuando abrimos un libro no esperamos la piel amada para ser acariciada, olida, degustada y oída, incluso. Lo normal es que lo allí escrito vaya directamente o bien al cerebro o bien a esa cosa extraña que hemos denominado espíritu.

No lo esperamos pero es lo que anhelamos porque para eso el bibliófilo ha hecho del libro y todo lo que le rodea su objeto de deseo. Esto que digo se puede encontrar en estas ediciones que editores extraños producen para regocijo de sus lectores. Por un lado, estaría la comunicación implícita en la letra impresa y, por otro, ese cúmulo de sensaciones que tienen estas obras: las imágenes o una bella tipografía –limpia y bien compuesta- que regalan la vista, el tacto del papel artesano, el olor de los soportes o la tinta y el sonido al pasar las páginas o al deslizar nuestros dedos por las líneas.

El libro de bibliofilia entraría en la categoría de lo que Crane Brinton ha denominado lectura oriental en contraposición a la lectura griega. Sería esta última la utilizada por el individuo apresurado (tan eficaz en su gestión del tiempo que seguramente se conduzca él mismo a una vida totalmente inútil), el que lee para informarse, para atesorar datos que luego los utiliza para la polémica, para la conversación rápida en la que no se profundiza en ninguno de los valores del ser humano. En contraposición, a la lectura oriental se acerca aquel lector que no le interesa la conversación discrepante, el lector que lo que le mueve es el reconocerse en los textos. Busca el reposo, la complacencia, el paladeo y, por tanto, la repetición de todo aquello que saborea con fruición.

Volviendo a este tema de la doble comunicación, hay que asentir que es un campo bastante peligroso al que el lector de esta publicación le supongo conocedor o “experimentador” o, por lo menos, con la vaga conciencia de una sana intuición.

Por otro lado, en los últimos años, parece que hay un consenso social para asentir que los libros no sirven para casi nada y que la culpa mayoritaria de los bajos índices de lectura la tienen los propios libros porque apenas enseñan nada de utilidad. Y para corroborar esto que digo véase las estadísticas de ventas de los llamados libros prácticos (en los que entran los de consulta y autoayuda) Seguramente la gran mayoría de los libros y, concretamente las ediciones de bibliofilia que estamos estudiando, no le sirvan para nada a todo aquel que no puede ver más allá de los dos pasos donde se encuentra. Nosotros sabemos que más allá de esos dos pasos hay kilómetros y kilómetros no sólo de conocimientos sino también de sensaciones (que actúan como sensaciones y que luego se convierten en conocimientos).

Personas he conocido que no pueden describir, no pueden poner palabras a aquello que les sucede (y por tanto, no saben). Por supuesto, no se han parado a encontrar sus dudas entre las preguntas escondidas en los libros. Por el contrario, he tenido la suerte de toparme con esos pocos que, gracias a toda esa información inútil concentrada en la literatura milenaria, no sólo saben lo que está sintiendo en cada momento (con lo que me atrevería a decir que está sintiendo doblemente) sino que además tienen en sus manos, aunque no lo parezca, el destino de sus vidas porque para ser dueño de algo, lo primero es reconocer la naturaleza de aquello que se tiene delante y se intenta poseer. Esta larga digresión que algunos pueden considerar un tanto forzada viene a propósito de lo mismo: buscamos en los libros no sólo conocimientos sino también sensaciones. Ambas cosas las ofrecen con creces los libros de bibliofilia.

El debate, como los más veteranos de mis lectores saben, viene de largo porque, hoy en día, flota como una idea en el ambiente, esa que susurra que anhelar esas magníficas ediciones que se hacen en parte del mundo civilizado (en España, también) es poco más o menos que un síntoma de decadencia, cuando no, de debilidad. Hay un mensaje subliminal en el aire, ese que nos quiere convencer de que el conocimiento sólo viene de páginas descuidadas cuando no inserto en otros formatos (desde la pantalla del ordenador o la tan manida Universidad de la Vida como si a la calle se pudiera salir así, sin más, a pecho descubierto, sin haber leído un buen puñado de libros).

Ya el insigne poeta Paul Válery en 1923 en el prefacio al Catalogue de livres anciens et modernes de la mítica Librería Gallimard trató el asunto, dejando lo que muchos están de acuerdo en considerar el texto más revelador sobre este conflicto, sobre la incomprendida pasión del bibliófilo. Por su indudable interés lo reproducimos íntegramente: “Nada conduce con más seguridad a la perfecta barbarie que el apego exclusivo al espíritu puro. Se desprecian los objetos y los cuerpos. No se atiende sino a las cosas invisibles. Nada de placer local, nada de goce inmóvil ni de demora voluptuosa. El espiritualista acepta fácilmente que la materia sea mala o esté mal compuesta. El frasco no le importa, pero se entrega a la embriaguez, que no deja a veces de traerle inspiraciones peligrosas. El espíritu tiende a consumir todo lo demás y llega a suceder que la destrucción y la llama real lo obedezcan. Yo he conocido muy de cerca este fanatismo. Me acuerdo de una época en que despreciaba en los libros todo aquello que no fuera lectura. Me hubiera bastado con unos trapos manchados. Pensaba que un papel malo, unos caracteres aplastados, una `mise en page´ descuidada, si el texto mismo era seductor, debía contentar a un lector verdaderamente espiritual”. Más que esclarecedor, no en vano son palabras pronunciadas por uno de los grandes bardos de la poesía universal.

Las ediciones de bibliófilo son una tentación para cualquier espíritu sensible y a ellas sucumben reputados profesionales de otros campos del saber que, en algún momento concreto de sus vidas, descubren el irresistible encanto de estas obras.

Este es el caso de la televisiva doctora Elena Ochoa que, tras abandonar su puesto de titular de Psicopatología en la Universidad Complutense de Madrid y en el cenit de su carrera y de su vida, descubre lo que se puede hacer con este tipo de libros. Su editorial –Yvory Press- con sede en Londres, se centra en la producción de lo que la misma Elena Ochoa denomina “libro-escultura”.

El primero de ellos (con una tirada de 200 ejemplares) se titula Reflections y es del artista vasco recientemente fallecido Eduardo Chillida. Se compone de un pesado bloque de más de treinta y dos kilos de peso, similar al granito, que guarda una carpeta con 11 facsímiles (dibujos) del artista, un ensayo original de los escritores John Berger y Carlos Fuentes y el facsímil de un cuaderno personal encontrado en un rincón del estudio del artista por la mujer de éste antes de la muerte del escultor vasco. El proyecto es muy ambicioso y, en la actualidad, tras concluir la obra de Richard Long titulada Caminando y durmiendo, trabaja en otra del artista inglés Francis Bacon (la cual va a llevar por nombre Detritus). En este caso estamos hablando de ejemplares importantes con un elevado precio en el mercado, pero no todo es así. De hecho, se pueden encontrar algunos títulos muy interesantes bastante asequibles para cualquier bolsillo.

Un poco de historia

Las grandes transformaciones y revoluciones de la humanidad han ido parejas a modificaciones en el objeto conocido como libro. Así, tras el imperio del rollo de papiro de la Antigüedad, en la era Cristiana se inventa el formato códice, el que irá a ser utilizado para transmitir, convencer y convertir a más y más fieles a la nueva palabra revelada y, sobre ella, construir un nuevo orden en Occidente (aunque, como cualquier sistema basado en los libros, hereda la tradición anterior).

Más tarde, Gutenberg inventaría su imprenta de tipos móviles. Con ella se pone a disposición de la humanidad un ejército de veintiséis soldados que son uno de los causantes de ese desmoronamiento de los cimientos ideológicos en Occidente, a la par que se convierten en el vehículo más rápido no sólo para la propagación de las ideas sino también para el conocimiento de ese Nuevo Mundo descubierto para Europa allende los océanos.

Hoy, las nuevas tecnologías han liberado al libro de la carga de ser el único portador de conocimientos. Ahora, la filosofía, la poesía, los avances médicos y tecnológicos, las noticias llegadas desde el confín del mundo no sólo existen en las páginas de los libros sino que además habitan, y cada día más, en la inmaterialidad luminosa del ordenador. El libro, al ser liberado de su función, se convierte en mero objeto, al ser un simple objeto puede devenir en elemento para el culto fetichista o para la plasmación de lo que, durante siglos y siglos, hemos dado en llamar arte, es decir, para que nos sacuda por la vía del estremecimiento o la sorpresa, para que nos regale esas sensaciones que describíamos (y sentíamos) antes.

Las ediciones de bibliofilia tal como las conocemos hoy en día se remontan a la Francia de la época romántica. Fue entonces, cuando se empezó a trabajar aunando los textos con las imágenes de artistas plásticos en unas ediciones realizadas con calidades magníficas, en tiradas muy cortas y numeradas y ya nacidas con la pretensión de conformar los volúmenes más preciados de las bibliotecas de los bibliófilos.

En verdad, el país galo tiene una producción amplísima en este tipo de obras, comenzándose a hacer en España algo semejante alrededor de los años cuarenta-cincuenta. Pero de esto hablaremos más adelante. De estas primeras ediciones hay que destacar la traducción que Mallarmé hiciera del poema de Poe El cuervo y que estaría ilustrada por Manet. Una obra que salió a la luz en 1875.

En las primeras décadas del siglo XX, Skira –el editor de los surrealistas- Kahnweile o Vollard harán magníficas ediciones con obras de Hugué, Picasso, Gris, Matisse… donde la obra gráfica no aparece firmada y el artista plástico estampa su rúbrica en el colofón del libro dando así no sólo unidad sino el carácter de totalidad que tienen estos libros.

No podemos pasar estas líneas sin aludir a la que quizá sea la obra emblemática del editor Vollard. En 1931 se da a conocer a los bibliófilos de todo el mundo el anuncio de la próxima aparición de La obra maestra desconocida de Balzac con trece aguafuertes de Pablo Picasso. El editor en sus Memorias de un vendedor de cuadros describe la situación de la siguiente manera: “De todas las obras que he editado, la que intrigó más a los bibliófilos cuando se anunció fue `La obra maestra desconocida´ de Balzac, con aguafuertes originales y grabados en madera de Picasso, entre los cuales las realizaciones cubistas se hallan junto a dibujos que recuerdan a Ingres. Pero cada nueva obra de Picasso escandaliza, hasta el día en que la admiración sigue al asombro”.

En efecto, el ilustre malagueño realizó una visión muy personal de la historia del novelista francés en la que un pintor muestra lo que era su obra desconocida. En principio, un retrato de su musa pero lo que se visualiza en el lienzo es una amalgama de manchas y líneas en las que apenas se deja entrever un pie. Una magnífica visión de lo que sería el arte del futuro, del pasado ya, con su predominio del cubismo, primero, y la abstracción después.

Otro de los libros talismanes de esta época es, a juicio de Juan Manuel Bonet, La prose du Transiberien (uno de cuyos ejemplares se encuentra en España, concretamente, custodiado en el I.V.A.M.) Fue publicado en París en 1931 y fueron sus artífices Sonia Delaunay (ilustraciones) y Blaise Cendras (textos) Aunque se pretendía que tuviera una tirada de 150 ejemplares, los especialistas calculan que no llegaron a hacerse más de cincuenta. El libro lo conforma un desplegable de más de dos metros de longitud y está dividido en dos bandas verticales: la de la derecha contiene el poema de Cendrás y la otra es una tira de dibujos realizado con la técnica del pouchair (con lo que cada ejemplar es único) en el que se adivina la silueta de la Torre Eiffel, icono recurrente en la obra de Sonia Delaunay.

También en las primeras décadas del siglo XX, los futuristas rusos se embarcaron en la realización de pequeñas obras con un marcado carácter artesanal en un intento de acercar este tipo de obras tan personales al gran público. Lo que pretendían era romper el formato libro como objeto comunicador, desligarlo de su “utilidad” para convertirlo en una obra de arte autónoma.

Casi todos son de muy pequeño formato, realizados con papeles toscos y baratos en los que se insertaban xilografías rústicas, textos manuscritos e, incluso, algún que otro collage. No eran realizados por editores al uso y eran los propios artistas tanto los encargados de la idea como de la ejecución material de la misma como de la distribución (la gran mayoría eran regalados) entre su círculo de amistades.

Lo que se ha hecho en España.

En España, tal como dijimos antes, no existen apenas experiencias de este tipo en los albores del siglo XX. Se da algún caso aislado en los años veinte entre Manuel Altolaguirre y Emilio Prados en la revista Litoral pero hay que esperar a la década de los cuarenta cuando el editor Gustavo Gili se embarque en su colección La Cometa donde aparecerán magnificas ediciones ilustradas por Saura, Millares, Cuixart o Tàpies.

Una de estas obras editadas por Gustavo Gili es El entierro del Conde Orgaz, aparecida en 1969. En ella se reproducía un prólogo del poeta Rafael Alberti junto a doce aguafuertes de Picasso. El libro se compone, en esencia, de catorce textos en español, con frases en francés, de poesía automática de Picasso. En todo el libro el artista malagueño recrearía, de una forma burlesca el recuerdo de la impresión que le produjo la contemplación de El Greco en 1897, cuando tan sólo era un niño. Estaríamos entonces ante una re-interpretación de una obra clásica, nuevamente leída por Rafael Alberti.

Para poder comprender mejor lo que diremos después hay que recordar que en muchas tradiciones religiosas, y no digamos en las exotéricas, el libro es el depositario del conocimiento, de las palabras, de las fórmulas mágicas que son las llaves que abren la comunicación con la divinidad. Así, ante el profano el libro permanecería completamente cerrado, sellado incluso, y sería el escogido o iniciado el único con poder para abrir sus páginas y descifrar lo allí escrito. Sería entonces el lector, el poeta, una especie de medium o de sacerdote preparado para hablar con el más allá, con aquello que se encuentra, invisible, en el revés de las cosas y poder, así, anunciarlo (o escamotearlo) al resto de la humanidad profana.

Profundamente influido por esta idea del libro como comunicador con la divinidad encontramos a uno de los artistas españoles en activo que más atención ha prestado a los libros como objeto de culto y deseo: el catalán Antoni Tàpies, propietario de una biblioteca impresionante y artífice él mismo de multitud de estos libros (en la gran mayoría de los casos son ediciones de bibliofilia auspiciadas por editores franceses) en las que imprime ese sello inconfundible que hace de su obra única y diferente referente en el panorama artístico internacional. El artista nos dice: “La emoción de abrir un libro, descubrir poco a poco su contenido, eso que vive dentro, tiene algo de ritual, de mágico, lo que sin duda forma parte de mi obra. Los libros de bibliófilo se relacionan directamente con mi deseo de crear objetos mágicos, auténticos talismanes que comuniquen unas ideas y produzcan unos efectos en el espectador. No debemos olvidar que el libro ha sido, en no pocas civilizaciones, uno de los grandes objetos de comunicación con lo sagrado. Y yo quiero que esta comunicación se produzca a través del material del libro, de la `objetualidad´ del mismo, no exclusivamente por medio de su contenido. El libro de bibliófilo es un claro ejemplo en el que soporte y contenido se identifican”.

En 1965 Antoni Tàpies se embarca junto al poeta visual Joan Brossa en la ejecución de Novel.la en una edición de 140 ejemplares, auspiciada por la barcelonesa Sala Gaspar. Si Antoni Tàpies considera el libro como un objeto comunicador con la divinidad, Joan Brossa deja plasmada en esta obra, como en tantas más que realizó a lo largo de su dilatada carrera, la filosofía de la unión del arte con la vida. Según sus propias palabras: “el arte es la vida y la vida transformación” Y eso es Novel.la: la vida hecha arte, la vida recogida en sus papeles (actas, instancias, certificados, títulos, formularios vacíos…).

Un hecho curioso en la génesis de esta obra es que los dos artistas se pusieron a trabajar por separado y cuando se reunieron para aportar sus respectivas ideas, resultó que los dos coincidieron en el mismo borrador. El diálogo, pues, no podía ser más fluido y fructífero entre los artistas, al contrario de esa otra vida que se narra en Novel.la, una vida anónima, sin sentido, desgarrada y maltrecha (tal como aparecen algunas páginas del libro).

Una interpretación de la obra podría ser esa visión del individuo alienado, ninguneado y oscuro que no tiene interior propio, que todo le es dado desde fuera y que ni siquiera puede gritar porque no sabe que puede gritar, porque no sabe, y continuamos con las palabras de Brossa, que “la verdadera insurrección no es la de los que cogen el fusil, sino la que surge del fondo del hombre”.

En su larga trayectoria artística, los libros de bibliofilia ocupan un lugar muy especial en la obra de Tàpies. Fueron muchos los realizados en colaboración con Joan Brossa, con el que compartía posicionamientos estéticos muy similares, aunque también ha trabajado con otros poetas y, sobre todo, con editores europeos que hacen del arte de vanguardia su peculiar lenguaje.

En 1978 la casa Maeght Editeur de París publicó una magnífica edición de Petrificada petrificante de Octavio Paz en edición bilingüe francés-español y en la que los ocho grabados de Tàpies se insertan entre los poemas del Nóbel mexicano. El color grisáceo del papel se convierte en un magnífico complemento a los tonos oscuros característicos en la obra del maestro catalán.

Otro poeta con el que Tàpies compartió este tipo de proyectos fue José Ángel Valente (el poeta de la luz y las sombras, del vacío y el círculo) En 1982 la ginebrina Editart-D Blanco compone una carpeta en la que tres aguafuertes del pintor acompañan a sendos textos manuscritos del poeta reproducidos en serigrafía.

Entrando en materia.

Acercándonos más en el espacio y en el tiempo, actualmente, y ya en España, sigue este mismo concepto el editor vallisoletano José Noriega con sus cajas-libros de El gato gris.

Si Tàpies considera el libro como comunicación con lo divino, Noriega parece que está rescatando las últimas imágenes y las últimas palabras (grabadas en soportes cuanto menos originales) del Apocalipsis. Lo primero que llama la atención de estas ediciones es el continente: no son libros al uso, es decir, no son un conjunto de páginas encuadernadas. Son, más bien, una serie de papeles o trapos magistralmente impresos que se guardan en cajas de madera. Al ir pasando una a una las hojas de cada una de las obras tenemos esa íntima sensación de estar ante el testamento de un superviviente, del visionario que, en el último suspiro, lega a la posteridad aquello que está viendo, aquello que le atormenta, ese mundo interior que es el espejo del mundo exterior verdadero.

Aunque peque de imparcial, voy a elegir –de entre toda la producción de El gato gris- la obra Cima del Canto. Aquí se reproduce sobre loneta color avellana (sí, en tela) los últimos poemas manuscritos de José Ángel Valente, es decir, estamos ante el testamento de un artista que veía en la palabra la forma más sagrada de comunicación. Acompañando sus palabras, Coral Valente realizó dos grabados en cobre para que la visión de los que ven más allá fuera, así, completa.

Es, en definitiva, el secreto del mundo que se esconde en los libros. Sólo los que ven el mundo pueden ver lo que realmente se oculta entre las líneas de los libros que no es más que el mundo mismo. Aquel que sabe descifrar los símbolos y mensajes de los libros, podrá comprender lo que sucede a su alrededor y, con un poco de suerte, en su propio interior.

La mayoría de los libros de bibliofilia que se han realizado siempre han surgido de una idea y, a partir de ella, se entabla un diálogo entre el escritor y el artista gráfico que pone imágenes a las palabras. Son raros los casos en que el pintor, el grabador, se inspira o se basa en otra imagen para crear la suya propia.

Un caso atípico y que sigue esto último es el Apocalipsis de San Juan Evangelista editado en 1986 por la madrileña Gold-Art. En primer lugar, el texto es una adaptación poética libre realizada por el filósofo peruano Alberto Waner de Reyna a partir de la escritura bíblica. A su vez, esta adaptación inspiró al pintor Adolfo C. Winternitz una serie de veintitrés gouches que, a su vez, fueron reinterpretados por el artista franco-español François Marechal, el cual compuso sendas xilografías en color para ilustrar el libro.

El trabajo para Marechal fue impresionante y no sólo por el volumen de la obra sino también por la ingente cantidad de planchas necesarias para imprimir el colorido característico de la obra de Winternitz, el cual tiene en mente siempre la imagen de una vidriera. Se logró casi un imposible: transmitir la luminosidad de un cristal a una xilografía. Un trabajo complicado en el que el artista salió airoso no sólo por su talento sino también por larga trayectoria en este tipo de trabajos, experiencia materializada en la ilustración de la obra de Quevedo El testamento de don Quijote por encargo de la editorial Casariego o el Bestiario de Pablo Neruda para el mismo editor del Apocalipsis. A Marechal parece que le gustó la experiencia porque en 1992 realiza a su cargo una edición de Senos de Ramón Gómez de la Serna en la que una selección de textos de este título es acompañada por dieciséis xilografías.

Como podemos ver, las razones son infinitas y la génesis creadora de cada uno de estos libros de bibliofilia son múltiples y variadas. Lo que prima, sobre todo, es el entendimiento, aunque en algún que otro caso se ha dado un mal entendido que ha condicionado la edición de la obra para el futuro.

Esta relación cómplice y fructífera se rompió, por ejemplo, para la edición ilustrada del Ulises de James Joyce. La primera edición de este tipo se iba a realizar en 1934 de la mano nada más y nada menos que de Matisse. Éste entrega al editor unos dibujos de temática bélica de yelmos y escudos. A todas luces se había inspirado en las aventuras del Ulises de la Odisea, en el creado por Homero y no por el escritor irlandés. El enfado de Joyce fue tal que todavía aún la fundación que lleva su nombre y que se encarga de la administración de su legado pone veto a la realización de una edición ilustrada de las andanzas por Dublín de Leopold Bloom.

En España hay una edición de bibliofilia del Ulises de Joyce realizada de una manera bastante “suis generis” por Círculo de Lectores. La editorial ante tal prohibición por parte de los herederos del literato, se embarcó en la edición de un conjunto en dos tomos: en el primero está la traducción española de la novela sin ningún tipo de imágenes y, en el segundo, en tamaño folio, se encuentran las imágenes realizadas por Eduardo Arroyo acompañadas por los textos del crítico Julián Ríos. Un estuche engloba toda la obra de la que se hizo una tirada especial de ciento cincuenta ejemplares acompañados por una litografía original del pintor madrileño.

1 comentario:

filomeno2006 dijo...

Brillantísima intelectual orensana, Dra. Elena Ochoa